Tratado de Qadesh. (La Gran mentira de Ramsés II)

La batalla de Qadesh tuvo lugar en el año 1274 a. C. y fue la última gran batalla de la Edad de Bronce.

Sin embargo esta batalla fue importante por otras razones. Para empezar, es la primera de la que se tiene registro escrito de ambas partes, así que conocemos tanto la versión egipcia como la del bando hitita. Además es la primera batalla de la que se conserva el tratado de paz posterior.

Pero, por encima de todo, la batalla de Qadesh dio lugar a la primera gran campaña de manipulación propagandística por parte del poder de la que se tiene constancia. Y fue llevada a cabo por Ramsés II.

Aquí empieza la victoria del Rey del Alto y Bajo Egipto, Usermaatra-Setepenra, el Hijo de Ra, Ramsés-Meriamón que logró en el País de Hatti, Naharina, en la Tierra de Arzawa, de Pidasa, en la de Dardani, en la de Qadesh, el de Ugarit y el de Muoshanet.

Poema de Pentaur

Ramsés II y el Egipto de la época

Usermaatra Setepenra o lo que es lo mismo, Ramsés II, heredó un imperio fuerte y rico, con un ejército profesionalizado, el cual gobernó durante nada menos que 66 años. Todo un récord para la época.

En esta época, el siglo XIII a. C., Egipto abarcaba no sólo todo el valle del Nilo desde el delta hasta la confluencia del Nilo Blanco y el Nilo Azul, en la actual Jartum (Sudán). También incluía territorios del litoral mediterráneo hacia el norte: Palestina, Fenicia y parte de la actual Siria.

Estos territorios al norte de la península del Sinaí, que en la época eran conocidos como Canaán, habían sido conquistados por el padre de Ramsés, Seti I, al principio de su reinado. Tenían un altísimo valor estratégico ya que eran un punto importante en las rutas comerciales entre Siria y el Mediterráneo —que es lo mismo que decir entre Oriente y Occidente— además de establecer frontera con la otra gran potencia de la zona, el imperio hitita.

Y en Canaán había una ciudad que destacaba por su importancia, Qadesh, en el valle del río Orontes y justo en la frontera entre ambos imperios. Se trataba de una región dividida en pequeños reinos habitados por los amorreos, y conocida por ello como Amurru. Un pasillo natural que conectaba Siria con el Mediterráneo.

Debido a su carácter de ciudad fronteriza y a su importancia estratégica, Qadesh había estado cambiando de manos durante los últimos siglos y, a la muerte de Seti I, ésta estaba de nuevo en manos hititas.

Durante la XIXª Dinastía, a la que perteneció Ramsés II, el entrenamiento militar formaba una parte importante de la educación de un faraón. Tanto, que a partir de los cuatro o cinco años el príncipe heredero era apartado de su madre y educado por generales del ejército egipcio en campamentos militares.

A los dieciséis años Ramsés II era ya un gran guerrero, capaz de disparar un arco de forma muy precisa desde un carro en movimiento. A esa edad comenzó a acompañar a su padre en sus campañas militares, algunas de ellas contra los hititas.

Y en 1279 a.C., a la edad de 25 años, Ramsés II se convirtió en faraón de Egipto.

Muwatalli II y el imperio hitita

El otro contendiente en la batalla de Qadesh era Muwatalli II, rey de Hatti, el imperio hitita. Fue precisamente su padre, Mursili II, quien perdió el control de la ciudad de Qadesh a manos de Seti I.

Y debido a la expansión territorial que Seti I había llevado a cabo, Muwatalli II consideró una prioridad el mantener y aumentar el dominio en la frontera sur de su imperio, en Canaán. Para ello trasladó la capital hitita de la mítica Hattusa a Tarhuntassa. Aunque en la actualidad se desconoce dónde estuvo ubicada esta nueva capital, sí se sabe que se encontraba más al sur que Hattusa, y por tanto más cerca de los territorios en disputa.

Relieve hitita representando al rey Muwatalli II

De hecho, no fue hasta el descubrimiento de Hattusa, en el siglo XIX cuando se comenzó a desvelar la verdadera historia de la batalla de Qadesh, al encontrar las tablillas de arcilla de los archivos hititas. Hasta entonces nos habíamos creído la versión que Ramsés II había contado a los cuatro vientos, simplemente porque era la única que conocíamos.

Los carros de guerra, la tecnología punta de la época

Nos encontramos justo al final de la Edad del Bronce. Aunque ya se conoce el hierro, no se emplea de forma generalizada y, de hecho, una de las consecuencias de este enfrentamiento será la llegada del hierro a Egipto.

El armamento de la época es bastante limitado. La infantería utiliza unas espadas de bronce con forma de pata de caballo llamadas khopesh (en los extras tienes una imagen en alta resolución de una de estas espadas) y hachas, fabricadas también de bronce.

Pero la auténtica tecnología punta en armamento bélico de la época, lo que podía inclinar a uno u otro lado o incluso decidir el resultado de una batalla, eran los carros de guerra.

Se trataba de carros de un solo eje tirados generalmente por dos caballos. Sobre los carros iban el conductor y uno o dos soldados más, dependiendo del ejército al que perteneciese la unidad.

En los carros egipcios aparte del conductor sólo iba un arquero. El llevar sólo dos personas permitía que fueran más ligeros y el eje podía situarse atrás del todo. Eso, sumado a que era casi imposible que volcasen gracias a su ancho eje, los hacía muy maniobrables: giraban con mucha facilidad y, en manos de un conductor experimentado y con un buen arquero a bordo, eran temibles. Especialmente si piensas que las flechas lanzadas con los largos arcos egipcios eran capaces incluso de atravesar las armaduras de la época.

En los carros hititas, por el contrario, iban tres personas. Aparte del conductor llevaban un soldado armado con una lanza y un escudero, encargado de proteger al auriga y al lancero de las flechas enemigas.

Y esto era posible porque los hititas desarrollaron carros más fuertes y resistentes. Su eje estaba situado más hacia delante, en la parte media del chasis, para soportar mejor el mayor peso. De esta forma, un carro hitita lanzado a gran velocidad podía arrasar entre las filas enemigas, de forma que después la infantería pudiera penetrar en ellas.

Sin embargo, esto también hacía que fueran mucho más difíciles de maniobrar. Tenían un mayor radio de giro y, por tanto, necesitaban un gran espacio para poder cambiar de dirección. Además no podían girar a gran velocidad por el riesgo de vuelco.

La cosa se pone tensa

Como te contaba más arriba, Amurru fue origen continuo de disputas entre egipcios e hititas. Incluso en los periodos de paz había una especie de guerra fría constante, con los territorios fronterizos en continua disputa, y con los reinos amorreos cambiando de manos a través de conquistas, intereses o traiciones. Un auténtico Juego de Tronos de la Antigüedad.

Esta vez fue más de lo mismo, pero con una diferencia: en el trono de oro de Egipto se sentaba ahora un joven e impetuoso faraón, que por lo visto tenía ganas de demostrar a su pueblo (y aún más a sus enemigos) que valía al menos tanto como su padre y que no iba a tener ni paciencia ni ganas de dejarse pisar.

Así que a Ramsés se le acaba (bien pronto) la paciencia con los hititas, y en el quinto año de su reinado proclama a los cuatro vientos que se va a hacer con Qadesh de una vez por todas.

No sé tú, pero yo me imagino a Muwatalli (que por entonces ya llevaba veinte años gobernando Hatti) escuchando las noticias que llegaban de Egipto con las amenazas del faraón y moviendo la cabeza mientras pensaba esta juventud…

Sea como fuere parece que, tras un par de desplantes del joven Ramsés, el rey hitita le declara la guerra:

No me devolviste mis embajadores cuando te rogué que lo hicieras, Señor, y me llamaste niño y me hiciste callar. ¡Sea como dices! ¡Luchemos en el campo, y que mi dios, el Señor de las Tormentas, decida quién de nosotros tiene la razón!

Serán los dioses quienes diriman la cuestión en el campo de batalla.

Hacia la batalla de Qadesh

Estamos en el año 1274 a.C. y Ramsés reúne a sus ejércitos en su base del delta del Nilo, en Pi-Ramsés, la ciudad que el nuevo faraón había proclamado capital del imperio cinco años atrás. Ramsés ha reunido 20.000 infantes y 2.000 carros de guerra, un ejército sin duda espectacular pero, como ahora verás, bastante menor que el de la coalición hitita.

El ejército egipcio se organiza en cuatro cuerpos de ejército (ahora los llamaríamos “divisiones”), cada uno de los cuales agrupaba 5.000 soldados: 4.000 infantes y 500 carros con dos ocupantes cada uno. Cada uno de estos cuerpos de ejército tomaba el nombre del dios que lo tutelaba y le servía como emblema: Amón, Ra, Set y Ptah.

Las fuentes de la época citan un contingente de carros, los ne’arin, que aún a día de hoy no está muy claro si se trataba de un cuerpo de élite formado por amorreos o si simplemente se refiere al cuerpo de Set.

El caso es que el ejército partió hacia Qadesh. La ciudad se encontraba a más de 800 kilómetros de Pi-Ramsés, lo que significaba un mes de camino.

Hazte una idea de lo que es mover 20.000 hombres y 2.000 carros a lo largo de esa distancia. La marcha iba a ser larga y Ramsés tenía prisa: llegar el primero al campo de batalla significaba una importante ventaja estratégica.

Así que, por eso y para mejorar la organización y la intendencia durante semejante marcha, cada cuerpo de ejército se movió de forma independiente por una ruta distinta. Ramsés se situó, montado en su carro y armado con su arco, al frente del cuerpo de Amón.

Estamos a finales de mayo y, en la última jornada de marcha, el ejército se encuentra con dos beduinos. El joven faraón los interroga. Sí, vienen de Qadesh. No, no han visto hititas por ninguna parte.

Casi puedo imaginar el corazón de Ramsés dando saltos de alegría dentro de su pecho. Él va a llegar primero, así que podrá tomar la posición más ventajosa y sus tropas podrán descansar y reponerse antes de la batalla.

El cuerpo de Amón, con el faraón al frente, llevaba bastante ventaja sobre los otros tres cuerpos del ejército, así que estableció su campamento cerca de Qadesh y se dispuso a esperar el resto de sus tropas.

No verificar esta información fue el primer error grave de Ramsés.

El ejército hitita

El imperio hitita no estaba tan fuertemente centralizado como el egipcio. Se trataba más bien de un reino fuerte, Hatti, con multitud de reinos vasallos.

A éstos había recurrido Muwatalli para formar el gran ejército de coalición, el mayor que el imperio había visto jamás, y que había dirigido hacia Qadesh. Y era mucho mayor que el propio ejército egipcio.

Nada menos que 40.000 infantes y 3.700 carros de guerra, cada uno de ellos llevando tres hombres. Sin embargo, y esto será importante en el desarrollo de la batalla, no era un ejército profesional como el egipcio.

El ejército hitita estaba compuesto por nobles de los reinos vasallos y sus pequeños ejércitos personales, lo que era un contingente realmente pequeño. Sin embargo cuando algún conflicto lo requería se realizaban levas entre los reinos hititas (alistamientos forzosos), por lo que se trataba de tropas poco disciplinadas y no contaban con la organización de las del militarizado imperio egipcio.

La excepción eran los ocupantes de los carros de guerra, un puesto altamente especializado y que por tanto era realizado por profesionales.

Sin embargo en esta ocasión, al ser tan grande el número de soldados, Hatti no podía pagarles por lo que se les prometió el botín que se capturase a los egipcios. Y éste fue el gran error de Muwatalli.

El escenario de la batalla de Qadesh

La antigua ciudad de Qadesh estaba emplazada junto al río Orontes, en su margen izquierda, cerca del lugar en el que un pequeño afluente, el Al-Mukadiyah, desemboca en él.

La ciudad, situada sobre un promontorio, se encuentra de esta forma protegida en cierta medida por ambas corrientes: al este por el propio río Orontes y al oeste por el afluente que desemboca en él. Parece ser que los habitantes de la ciudad cavaron un canal al sur de ésta entre ambos cursos, de manera que quedara completamente rodeada por vías de agua, lo que facilitaba su defensa.

Escenario en que tuvo lugar la batalla de Qadesh. Sobre el promontorio situado al fondo se encontraba la ciudad de Qadesh.

Un poco al norte de la ciudad se encuentra el lago Homs. Sin embargo este lago no existía en la época, ya que es resultado de una presa construida dos mil años más tarde por los romanos en el río Orontes.

La verdad desvelada

Habíamos dejado a Ramsés levantando su campamento (es un decir, él simplemente daba órdenes sentado en el trono de oro que había llevado, como es lógico) al noroeste de Qadesh y creyendo que las tropas de Muwatalli estaban aún de camino desde Khaleb, su última posición conocida.

Es la víspera de la batalla, y allí estaba Ramsés en su trono, como digo, cuando le llevaron dos exploradores hititas que habían sido capturados en las inmediaciones. Y, tras la tortura de rigor, confiesan.

El ejército hitita había llegado días atrás a Qadesh y estaba situado al este de la ciudad, oculto a la vista de los egipcios por el promontorio sobre el que se asentaba la ciudad y por sus muros.

Muwatalli no está en Khaleb, sino detrás de la Ciudad Vieja de Qadesh. Están los carros, la infantería, están sus armas de guerra, y todos juntos son más numerosos que las arenas del río, preparados y listos para combatir.

Imagina los sudores fríos que recorren la frente de Ramsés. Se da cuenta del engaño de los dos beduinos (espías hititas seguramente) y comprende que su situación es desesperada: el ejército enemigo está a sólo unos cientos de metros y él sólo cuenta con 5.000 hombres, mientras el resto de su ejército está aún de camino.

Asimilada la nueva situación, lo único que puede hacer es enviar mensajeros a los otros cuerpos de ejército para que redoblen la marcha. Necesita que lleguen cuanto antes, ya que en la situación en que se encuentra corre el riesgo de ser atacado.

Es entonces cuando, en su bisoñez, el faraón comete su segundo error fatal, perdonando la vida a los dos hititas y dando orden de que los liberaran. Los cuales, como es normal, corrieron de vuelta a su campamento a informar a su rey.

Comienza el baile

Al amanecer llega el mensaje al cuerpo de Ra, que se pone en camino inmediatamente. Tras él avanza también el cuerpo de Ptah, y está previsto que ambos lleguen al campamento egipcio esa misma mañana.

Pero cuando la división de Ra avanzaba hacia el norte cerca del cauce del Al-Mukadiyah (es de imaginar que de forma más o menos desordenada, ya que iban a marchas forzadas) de entre la vegetación de la orilla salieron cientos de carros hititas, lanzados a toda velocidad sobre las desorganizadas tropas egipcias.

La infantería egipcia fue cogida por sorpresa por los carros hititas en la batalla de Qadesh

Arrollados debe ser la palabra adecuada para lo que sucedió. Pocos de los 4.000 infantes del cuerpo de Ra debieron sobrevivir, si lo hizo alguno. Los carros sin embargo, que debían ir al frente, emprendieron una huida hacia delante dirigiéndose al campamento donde se encontraba el cuerpo de Amón.

Mientras, los carros hititas también giraron al norte con intención de lanzar el golpe definitivo sobre el campamento de Ramsés.

Imagina los momentos de confusión que se debieron vivir en el campamento egipcio cuando los vigías vieran venir los carros del cuerpo de Ra a la carrera desde el sur y, a la vez, el frente de carros hititas lanzados al ataque desde el oeste.

Apenas hubo tiempo de organizar la defensa y el caos en el campamento fue total cuando se vio inundado de carros de uno y otro bando. Sin embargo, dos cosas jugaron a favor de los egipcios.

En primer lugar, la mayor maniobrabilidad de sus carros les permitía moverse mejor entre la vorágine de tiendas, cadáveres, caballos y carros volcados en que debió convertirse el campamento.

En segundo lugar tienes que recordar que a los aurigas hititas se les había prometido como pago el botín capturado, así que muchos de ellos se desentendieron de la batalla y se entregaron al pillaje.

En fin, te puedes hacer una idea de la escena. Gritos, sangre, cadáveres humanos y de caballos… Cuando la refriega llegó a las inmediaciones de la tienda del faraón, Ramsés no tuvo otro remedio que ponerse la armadura y salir a luchar por su vida.

Como ya he contado antes, Ramsés era un soldado muy entrenado y un gran experto en el uso del arco a bordo de un carro. Es muy posible que ver al faraón luchando junto a ellos supusiera una inyección de moral para las tropas egipcias.

Ramsés II en la batalla de Qadesh

El caso es que los egipcios lograron reponerse y sus flechas hicieron mucho daño a los carros hititas, consiguiendo ponerlos en fuga. Con los caballos ya exhaustos y los carros egipcios reorganizados, aquello resultó una masacre.

El segundo ataque

Te parecerá que la batalla no iba muy bien para Muwatalli, pero recuerda que sólo una mínima parte de sus carros han entrado en combate (aún le quedan más de 3.000, además de los 40.000 infantes).

Además, los cuerpos de ejército egipcio de Ptah y Set aún no han llegado, y el cuerpo de Ra ha sido masacrado. Así que Muwatalli envió una segunda fuerza de carros sobre el campamento egipcio.

A Ramsés se le estaban poniendo las cosas difíciles. Iba a ser complicado resistir este segundo ataque, así que comenzó a organizar las pocas fuerzas que le quedaban mientras los carros hititas se acercaban al campamento.

Y aquí es cuando el faraón tuvo su gran golpe de suerte porque por el oeste aparecieron los ne’arin, que llegaban a toda velocidad tras recibir el mensaje del faraón.

Los Ne´arin irrumpieron entre los odiados Hijos de Hatti. Fue en el momento en que éstos atacaban el campamento del faraón y conseguían penetrarlo. Los Ne´arin los mataron a todos.

El resultado de la batalla

Con la situación en punto muerto, se pactó una tregua entre ambos bandos que terminó siendo definitiva y puso fin a la batalla.

¿Quién ganó entonces? Pues podemos considerar que la batalla acabó en tablas, aún teniendo en cuenta que la mayor parte de las tropas de Muwatalli no llegaron a entrar en combate (la infantería ni siquiera luchó). El rey hitita las necesitaba para sofocar las rebeliones en el norte de su imperio.

Sin embargo la situación de Qadesh no cambió. La ciudad, y con ella el control estratégico de la región, siguió en manos hititas. La maniobra de Ramsés para establecer su dominio en Amurru fue un rotundo fracaso, y se puede decir que, aunque no hubo un claro vencedor en la batalla, él fue el gran perdedor en todo este asunto.

La versión de Ramsés II: cuéntame un cuento

El joven faraón había fracasado y regresaba a Pi-Ramsés con las orejas gachas. Las noticias llegaban antes que él y a su paso numerosas poblaciones cananeas se revelaban, pasando a control hitita. La campaña estaba resultando cada vez más penosa.

Sin embargo, al principio de su reinado no podía permitirse mostrar esa debilidad ante su pueblo. Debía presentarse ante ellos como un gran vencedor.

Así que comenzó una campaña propagandística sin precedentes.

Encargó a Pentaur, poeta de la corte, la escritura de un poema épico que ahora conocemos como el Poema de Pentaur (lo puedes ver en el material extra), y llenó los templos de transcripciones de este texto, desde Abu Simbel al Ramesseum, pasando por Karnak y Luxor y muchos otros.

En él se presenta a un Ramsés que, a punto de caer derrotado el ejército egipcio, surge como el dios que es y, prácticamente en solitario, vence a los hititas llevando a los suyos a la victoria.

Como digo se encargó de proclamar a los cuatro vientos tanto este poema como el llamado Boletín de Guerra, una versión reducida de él. Y la estrategia propagandística funcionó.

Y, aunque estaba destinada al pueblo egipcio, esta propaganda cumplió su cometido tan bien que nos creímos su versión… casi hasta nuestros días.

El Tratado de Qadesh

En 1834 un arqueólogo francés, Félix Marie Charles Texier, encontraba los restos de Hattusa, la antigua capital de Hatti. Y digo “encontraba” porque fue un descubrimiento casual: en realidad Texier buscaba otra ciudad.

Tratado de Qadesh

Entre las magníficas ruinas se encontraron multitud de tablillas de arcilla con textos cuneiformes grabados en ellas. Entre ellas se encontraba el Tratado de Paz Perpetua (como lo llamaron los firmantes), firmado entre egipcios e hititas algunos años después de la batalla de Qadesh.

Y este tratado nos contaba una historia muy distinta a la que Ramsés había contado al mundo permitiéndonos, treinta siglos después, saber lo que realmente ocurrió.


Fuente: apuntesdehistoria.net

¡Gracias por leerme!

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