Azaña, contra los «abusos, rapacerías, locuras y fracasos» de la Generalitat.

Políticos de izquierda, e incluso nacionalistas, criticaron ya en la década de los 30 a los catalanistas por vivir en continua «rebelión e insubordinación» con respecto a España.

Ilustración en la que pueden verse al Manuel Azaña (izquierda), presidente del Gobierno durante la Segunda República fallecido en 1940, junto al actual presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont – NIETO

«La desafección de Cataluña (porque no es menos) se ha hecho palpable. Los abusos, rapacerías, locuras y fracasos de la Generalitat y consortes, aunque no en todos sus detalles de insolencia, han pasado al dominio público».

Estas contundentes palabras podrían haber sido pronunciadas en la actualidad, inmersa como está España en la batalla por el referéndum promovido por Carles Puigdemont para este domingo. Sin embargo, fueron escritas por Manuel Azaña hace ahora 80 años.

Manuel Azaña murió a los 60 años, en Montauban (Francia), en 1940- ABC

El que fuera presidente de la Segunda República no fue el único en manifestar públicamente sus críticas contra el Govern en aquellos años previos a la Guerra Civil.

Otros muchos intelectuales y políticos de izquierdas, e incluso nacionalistas, se posicionaron contra los excesos de los autonomismos, en especial, el catalán.

Desde otros presidentes del gobierno como Juan Negrín, que llegó a mostrarse abiertamente irritado respecto a este «problema», hasta ideólogos tan importantes como Castelao, considerado padre del nacionalismo gallego.

En 1932, poco antes de que se aprobara el primer estatuto de Cataluña, el propio Ortega y Gasset aseguraba que «el problema catalán no se puede resolver, sólo se puede conllevar; es un problema perpetuo y lo seguirá siendo mientras España subsista». Y junto a él, otras personalidades cargaron contra los nacionalismo catalán y vasco.

Allí estaba Pío Baroja, convencido de que ambos movimientos «se fundamentan en textos de segundo orden». También nuestro insigne premio Nobel de Medicina, Ramón y Cajal, quien declaraba sentirse «deprimido y entristecido al considerar la ingratitud de los vascos, cuya gran mayoría desea separarse de la patria común».

O Miguel de Unamuno soy doblemente español, por vasco y por español»), que renegó también de la imposición del catalán a todos los ciudadanos. Todos criticaron abiertamente los desmanes nacionalistas y la manipulación que, en su opinión, se había hecho de la historia de España.

Un estatuto insuficiente

La cuestión regional fue uno de los problemas que contribuyó a acentuar la crisis de la Segunda República. El catalanismo –que iba un paso por delante de los movimientos autonomistas vasco y gallego– demostraba cada vez más fuerza.
De hecho, tras la aprobación del primer proyecto de estatuto, que otorgaba un amplio autogobierno a los catalanes, sus defensores –más federalistas que independentistas hasta años muy recientes– no dudaron en alzar la voz para criticar que este rebajaba sus pretensiones originales.
Uno de ellos fue Azaña, inspirador y defensor del texto catalán en el Congreso de los Diputados entre 1931 y 1932, que se mostró terriblemente traicionado y decepcionado cuando Lluís Companys, a pesar de ello, respondió proclamando unilateralmente el Estado catalán en octubre de 1934.

Ejemplares originales del estatuto de Cataluña de 1932- ABC

El presidente de la República nunca ocultó la difícil situación en la que se colocaba al país con los nacionalismos: «Sé que es más difícil gobernar España ahora que hace cincuenta años, y más difícil será gobernarla dentro de algunos más.

Es más difícil llevar cuatro caballos que uno solo», aseguró en 1932. En la Constitución del año anterior, de hecho, una de las novedades fue su intento de resolver el llamado «problema regional», presentado en las Cortes constituyentes como la «cuestión catalana».

Azaña lo comprobó pronto, cuando los nacionalistas desafiaron al Gobierno central, en una demostración de fuerza, al declarar que aquel Estatuto suponía una rebaja de sus pretensiones originales.

De ahí en adelante, el catalanismo fue cada vez más poderoso y exigente políticamente. Y los autonomismos en general comenzaron a representar para la República un problema que había que resolver cuanto antes. La paciencia de muchos políticos e intelectuales estaba llegando a su límite.

Y aunque es cierto que no amenazaban la unidad del país, entorpecían los debates constitucionales y no facilitaban el funcionamiento de las instituciones, según defienden historiadores como Émile Témime, Alberto Broder o Gérard Chastagnaret.

«No queremos separarnos de España»

Esta frustración de Azaña continuó tras el levantamiento de Franco, cuando comprobó la deslealtad de los catalanistas hacia los españoles, a pesar de la generosidad previa mostrada por el Ejecutivo republicano. La gota que colmó el vaso fueron las quejas del consejero de la Generalitat, Pi i Suñer, sobre la actuación del Gobierno central durante la Guerra Civil.

A esta crítica, Azaña respondío con un furibundo ataque en forma de carta: «La Generalitat ha vivido en franca rebelión e insubordinación. Y si no ha tomado las armas para hacerle la guerra al Estado, será porque no las tiene, porque le falta de decisión o por ambas cosas, pero no por falta de ganas», escribía en septiembre de 1937.

Acusaba de esta forma a las delegaciones de la Generalitat en el extranjero por la creación de su propia moneda y la formación de su propio ejército, y apuntaba después dolido que si al pueblo español se le coloca de nuevo en la encrucijada de tener que elegir «entre una federación de repúblicas y un régimen centralista, la inmensa mayoría optaría por el segundo».

Alfonso Daniel Manuel Rodríguez Castelao falleció en 1950- ABC

Las críticas contra el independentismo llegaron incluso de figuras como Castelao, considerado uno de los padres del nacionalismo gallego y la figura más importante de la cultura de Galicia en el siglo pasado.

Un mes antes del comienzo de la Guerra Civil, durante un acto en el Teatro Rosalía de La Coruña, aseguró:

«Nosotros no queremos separarnos del resto de España, no intentamos romper el vínculo de muchos siglos. Lo que queremos es crear una mancomunidad de intereses morales y materiales».

Una idea en la que insistió un año después en «Sempre en Galiza», la obra en la que resumía su ideología: «Quiero proclamar en letras de molde lo que dijimos muchas veces en mítines.

Creemos que el separatismo es una idea anacrónica y solamente lo disculpamos como un movimiento de desesperación que jamás quisiéramos sentir», declaraba, defendiendo la tesis de que los galleguistas «no intentaban tronzar la solidaridad de los pueblos españoles, reforzada por una convivencia de siglos, sino más bien posibilitar la reconstrucción de la gran unidad hispánica».

Voces todas ellas que surgieron en la Segunda República, en el periodo en el que precisamente se alimentó la ambición de los nacionalistas. El mismo Azaña favoreció su crecimiento y empoderamiento, a pesar de sus posteriores críticas, al considerar que para mantener la estabilidad de la democracia era indispensable dar a los catalanes un nivel aceptable de autogobierno.

A los ojos de Puigdemont, nada de eso es suficiente en esta España de hoy que, a pocos días del referéndum de este domingo, se encuentra en vilo.

Fuente: abc.es/historia

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